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Castillo de Chapultepec

Chapultepec: el cerro del chapulín y sus manantiales

Antes de ser castillo, este cerro fue una fuente de agua dulce que mantuvo viva a la capital mexica.

Chapultepec: el cerro del chapulín y sus manantiales

Ubicación: Exteriores y acceso, Castillo de Chapultepec.

Esta subida cruza varias capas de historia, y la más antigua no tiene muros. Es el agua.

Hay cerámica y entierros del periodo Preclásico, entre el año dos mil quinientos antes de Cristo y el año doscientos después de Cristo. Muestran que aquí hubo pobladores desde hace unos tres mil años. Eligieron la orilla del antiguo lago de Texcoco, junto a un cerro que dominaba el paisaje.

Los mexicas conocieron el lugar durante su larga migración. Se detuvieron un tiempo, hasta que los chalcas y los xochimilcas los expulsaron. Cuando fundaron Tenochtitlan, volvieron a mirar hacia aquí. El Museo Nacional de Historia explica que Chapultepec se consideró un lugar sagrado y estratégico por sus manantiales. Una investigación de la UNAM recuerda el detalle que lo explica todo: el agua del lago de Texcoco no era potable. Sin estos manantiales, la capital mexica habría tenido sed.

Por eso se construyeron acueductos, y las fuentes no coinciden del todo en las fechas. Un estudio del INAH cuenta que los texcocanos llevaron agua a la ciudad en el año mil cuatrocientos sesenta y seis. Fue por orden de Nezahualcóyotl, durante el gobierno de Moctezuma Ilhuicamina. Otras noticias del INAH hablan de un primer canal sencillo, de carrizo, piedras y lodo, hacia mil cuatrocientos dieciocho. Lo que sí está claro es la función: llevar agua dulce a una ciudad construida sobre el lago.

El cerro también sirvió para dejar memoria. El INAH informa que los gobernantes mexicas mandaron labrar su efigie en las rocas vecinas. Un texto del Instituto de Investigaciones Históricas de la UNAM añade que varias de esas imágenes se destruyeron con el paso de los siglos.

El agua también fue un arma. Durante el sitio de Tenochtitlan, las tropas españolas al mando de Cristóbal de Olid destruyeron el primer acueducto de Chapultepec. Años después, en mil quinientos treinta, una cédula del emperador Carlos Quinto entregó el bosque a la Ciudad de México. Los árboles de tronco grueso que crecen al pie del cerro son ahuehuetes, palabra náhuatl que significa viejo del agua. Una carta del virrey Antonio de Mendoza, de mil quinientos treinta y siete, ya habla de ellos. La tradición atribuye a Nezahualcóyotl la siembra de los más antiguos.

La cima tardó en recibir un palacio. Según el museo, una explosión de pólvora destruyó en mil setecientos ochenta y cuatro la casa de recreo de un virrey. Estaba en la falda del cerro. Un año después, Bernardo de Gálvez comenzó la obra de un nuevo palacio en lo alto. Ese es el origen del Castillo que vas a visitar.

Desde entonces, estas laderas vieron pasar a cadetes, emperadores y presidentes. En la batalla de mil ochocientos cuarenta y siete, el batallón de San Blas fue el único refuerzo de los defensores. Según el Instituto Nacional de Estudios Históricos de las Revoluciones de México, solo alcanzó a subir hasta la primera rampa.

Así que, antes de llegar a la puerta, quédate con esta idea: el cerro fue primero un manantial, luego un bosque protegido y mucho después un palacio. Ahora te espera la entrada principal del recinto.

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