El carruaje de Benito Juárez
Un presidente sin capital, una república que viajaba y un carruaje: así resistió el gobierno de México a la intervención francesa.
Ubicación: Museo de Historia (antiguo Colegio Militar), Castillo de Chapultepec.
Un carruaje parece un objeto menor en un museo lleno de pinturas, armas y muebles. Sin embargo, durante la intervención francesa un vehículo así fue transporte, oficina y refugio de un gobierno entero. El Museo Nacional de Historia lo presenta como una calesa que Benito Juárez usó en su peregrinar por varios estados. Lo hizo, explica el museo, durante los años de la intervención francesa y el Segundo Imperio.
El treinta y uno de mayo de mil ochocientos sesenta y tres, Juárez anunció ante el Congreso que el gobierno debía salir de la capital. Esa misma noche partió, acompañado por su familia, por miembros del gabinete, por muchos diputados y por numerosos empleados públicos. Era una apuesta: si la República no dependía de una sola ciudad, ocupar el centro del país no bastaría para acabar con ella.
A partir de entonces el gobierno cambió de sede según el peligro. Hay documentos firmados en San Luis Potosí en junio de mil ochocientos sesenta y tres. Otros están fechados en Saltillo en enero de mil ochocientos sesenta y cuatro. Después se instaló en Monterrey. En mil ochocientos sesenta y cinco y mil ochocientos sesenta y seis alternó entre Chihuahua y Paso del Norte. Esa ciudad fronteriza se volvió un bastión de la resistencia republicana. Los historiadores llaman a esta etapa la república itinerante.
Mientras tanto, este castillo tomaba otro rumbo. Maximiliano de Habsburgo y Carlota hicieron de Chapultepec su residencia imperial, y el museo conserva objetos que ellos trajeron o usaron. Entre ellos está la carroza de gala de los emperadores, de la casa milanesa Cesare Scala. El museo habla también del carruaje de uso diario de la pareja imperial, y explica que más tarde sirvió al propio presidente Juárez. Es una ironía histórica: un vehículo del Imperio terminó al servicio de la República.
Quien viajaba en estos caminos no había nacido en un palacio. Según el Museo de Sitio Casa Juárez, del INAH, Benito Juárez llegó a la ciudad de Oaxaca a los doce años. Buscaba a su hermana Josefa, que trabajaba como sirvienta. Vivió con el encuadernador Antonio Salanueva, que le enseñó a leer y escribir. Después estudió leyes, llegó a ser gobernador de su estado y, finalmente, presidente de México.
Cuando Maximiliano fue fusilado en Querétaro, el diecinueve de junio de mil ochocientos sesenta y siete, el gobierno republicano emprendió el regreso. La víspera de su entrada a la capital, el catorce de julio, Juárez pasó la noche aquí, entre los muros de este mismo castillo. El quince de julio entró a la Ciudad de México por la avenida Chapultepec, con un gabinete modesto. Desde mayo de mil ochocientos sesenta y cinco, el Congreso de Colombia lo había declarado Benemérito de las Américas. Ese día, en su manifiesto a la nación, dejó la frase que lo hizo inmortal: entre los individuos, como entre las naciones, el respeto al derecho ajeno es la paz. En la Plaza Mayor, Porfirio Díaz le entregó la bandera para que la izara como símbolo del triunfo. Esta calesa es el testimonio material más cercano de aquel viaje de cuatro años.
El museo asocia con este espacio dos murales de Antonio González Orozco. Uno, de mil novecientos sesenta y siete, muestra la entrada triunfal de Juárez al Palacio Nacional con su gabinete. El otro, de mil novecientos setenta y dos, lo presenta como símbolo de la República frente a la intervención francesa.
Juárez fue reelecto, ofreció una amnistía y vio cómo Porfirio Díaz se rebelaba contra él en mil ochocientos setenta y uno con el Plan de la Noria. Siguió en la presidencia hasta su muerte, el dieciocho de julio de mil ochocientos setenta y dos.
El general que le entregó la bandera en la Plaza Mayor gobernaría después a México por décadas. Cómo terminó ese régimen lo cuenta, en el nivel de arriba, el mural de Siqueiros.
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