Audioguía Xolo

Museo Nacional de Antropología

Monolito de Tláloc

El dios de la lluvia que llegó a la ciudad con tormenta.

Monolito de Tláloc

Ubicación: Arquitectura y Patio Central, Museo Nacional de Antropología.

Cuando termines de mirarlo, hazte una pregunta incómoda: ¿de verdad es Tláloc? Así lo conoce todo México, pero hoy varios especialistas piensan que esta figura podría ser Chalchiuhtlicue, «la de la falda de jade», diosa de los ríos y los lagos y compañera del dios de la lluvia. La piedra no trae letrero, su estilo es geométrico y sin adornos, y se le suele atribuir a la época de Teotihuacán. Lo que sí es seguro es lo que significaba: agua, y por lo tanto maíz, y por lo tanto vida.

Eso lo entendían muy bien en Coatlinchan, el pueblo junto al que yacía, con la sierra a la espalda y el antiguo lago de Texcoco a la vista. Los campesinos le atribuían el poder de traer la lluvia a sus cosechas, y llamaban «tecomates» a los huecos redondos que tiene en el pecho, porque parecían vasijas. Nadie lo veía como una escultura: era una presencia.

Y es que Tláloc era una de las divinidades más antiguas y poderosas de Mesoamérica. Los teotihuacanos ya lo pintaban hace más de mil quinientos años, con ojos redondos y colmillos, y mil años después los mexicas todavía le pedían lluvias en la cumbre del cerro que lleva su nombre, al este del valle, donde tenían un santuario. Su trabajo era darle agua a la tierra, pero también podía negarla, o mandar granizo y rayos. Se le respetaba y se le temía.

A principios de los años sesenta, el arquitecto Pedro Ramírez Vázquez y el secretario de Educación, Jaime Torres Bodet, decidieron que la pieza más monumental que se pudiera mover tenía que dar la bienvenida a los visitantes del nuevo museo. Convencer al pueblo no fue fácil. A cambio se prometieron obras para la comunidad, entre ellas una escuela, y aun así la despedida fue de lágrimas: los vecinos veían partir algo más que una roca.

Mover ciento sesenta y ocho toneladas, el peso de unos veinticinco elefantes grandes, obligó a inventar la logística. Hizo falta un remolque especial con muchas ruedas, caminos y puentes reforzados, y escolta militar. El viaje empezó el 16 de abril de 1964 y fue lento, rumbo a una ciudad que lo esperaba con curiosidad. Y aquí viene la parte que ningún libro puede garantizar, pero que los capitalinos mayores cuentan con total seguridad: cuando la piedra entró a la ciudad, llovió, y llovió muchísimo. Hubo inundaciones en varios barrios. Para la memoria popular, fue Tláloc saludando a su casa nueva.

Ahora observa los detalles. En el tocado cuadrado hay líneas finas, y los ojos tienen esos anillos que, en el arte mesoamericano, identifican al dios de las lluvias. Los huecos del pecho quizá servían para guardar ofrendas o para juntar agua de lluvia; nadie lo sabe con certeza.

Guarda este rostro, porque adentro lo vas a reencontrar. En la Sala de Teotihuacán, un mural muestra a una deidad que reparte lluvia sobre un paraíso verde, y una Chalchiuhtlicue de tres metros tiene con este gigante un evidente aire de familia. Y en la Sala Mexica verás que Tláloc compartía la cima del Templo Mayor con Huitzilopochtli: dos dioses, un mismo templo, porque sin sol no hay cosecha, pero sin lluvia tampoco.

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