Zapata a caballo, ahora en el centro de Cuernavaca
Pesa más de cinco toneladas y llegó a esta plaza en agosto de dos mil veinticinco, después de dos mudanzas.
Ubicación: La Plaza de Armas, Cuernavaca Histórica.
Para llegar a esta plaza, el monumento tuvo que cruzar la ciudad dos veces. Lo instalaron en mil novecientos setenta y nueve a la entrada de Cuernavaca, junto a la carretera federal, en la colonia Buena Vista. Ahí saludaba a quienes llegaban desde la Ciudad de México. En dos mil diecinueve lo movieron al llamado Paso Exprés, en el cruce con la avenida Vicente Guerrero, donde quedó descuidado. Y en agosto de dos mil veinticinco lo trajeron aquí, al centro histórico.
La última mudanza fue una operación delicada. Desmontaron la escultura un viernes primero de agosto, por la tarde, y quedó colocada en la madrugada del martes cinco de agosto. La figura de bronce pesa poco más de cinco toneladas y mide unos cinco metros y medio de alto por nueve y medio de largo. Su pedestal tiene siete metros de largo, cuatro de ancho y tres de alto. La gobernadora Margarita González Saravia impulsó el traslado. El gobierno explicó que así se fortalece la identidad y la memoria de Zapata en el estado. Añadió que aquí visitantes y turistas pueden apreciarlo en el corazón del centro histórico.
Los escultores son Carlos Kunte y Estela Ubando. Es un monumento ecuestre, es decir, con el jinete montado en su caballo, como se acostumbra para honrar a los jefes militares. Zapata fue uno de ellos, pero su fama viene de otra cosa: de la tierra.
Emiliano Zapata nació en Anenecuilco, Morelos, el ocho de agosto de mil ochocientos setenta y nueve. En esa época, las haciendas azucareras se habían quedado con muchas tierras de los pueblos del estado. Zapata encabezó a los campesinos que querían recuperarlas. En mil novecientos once proclamó el Plan de Ayala, que pedía devolver sus tierras a los pueblos. Su lema fue Tierra y libertad. Murió en mil novecientos diecinueve, en una emboscada en la hacienda de Chinameca, también en Morelos.
La plaza que ahora lo recibe se llama Plaza de Armas General Emiliano Zapata Salazar. Se remodeló casi por completo en dos mil dieciséis. Enfrente queda el Palacio de Gobierno, y a pocas calles está el Palacio de Cortés, donde sigue la visita.
Allí, Diego Rivera pintó a Zapata en mil novecientos treinta, a solo once años de su muerte. No lo vistió de charro con adornos de plata, como aparece en muchas fotografías. Lo pintó como un campesino humilde, con camisa y pantalón de algodón blanco y huaraches. Entre la escultura de bronce y el mural hay casi un siglo de distancia, pero el mensaje se parece: el héroe es gente del campo.
Antes de seguir, compara el tamaño del jinete con las personas que cruzan la plaza. Una escultura de este tamaño pide distancia, y la plaza abierta se la da. Un monumento no es solo una obra de arte. También es una decisión sobre qué recuerda una ciudad y dónde quiere recordarlo.
Este monumento es una primera señal de la capa del poder: quién manda, quién recuerda y qué se celebra en una ciudad.
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